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26 de janeiro de 2017

espiritualidad moderna


Hablemos de la #espiritualidadmoderna
El líder espiritual del budismo tibetano, Dalai Lama, estrenó hace un par de años su cuenta de instagram (@dalailama, por si te interesa).
Refugiándose en la máxima de que “la tecnología en nada interfiere con la espiritualidad”, el gurú cuenta con más de 785.000 seguidores (¡!) y un modesto mínimo de 150 comentarios por fotografía.

La espiritualidad está de moda. Es innegable.
Cada vez más, la gente, cansada y decepcionada por el vacío de la cotidianeidad, busca cambiar sus estilos de vidas, acercándose a lo “natural” y lo “espiritual”.
No hay que ir muy lejos para comprobarlo: en Barcelona, es muy notorio el aumento del número de centros de terapias alternativas, centros de yoga o meditación, así como de grupos de personas afines al tema.
Un rápido paseo por el barrio de Gràcia disipa cualquier duda.

Mi pregunta es: ¿cuánto de esto es real? ¿cuánto de esto es moda (pasajera)?

Ayer, hablando con un amigo que es instructor de yoga en Australia
, comentamos el fenómeno de la “espiritualidad de instagram” y como algo que podría ser tan bonito y puro, muy a menudo se convierte en otro hype cultural. Es decir, en otra fuente de postureo.

Hablamos de los que viajan a India o al Caribe para “descubrirse” a sí mismos. Está muy bien. Pero convengamos que ir de “Eat Pray and Love” por la vida es un privilegio.

El enorme éxito de las memorias de viaje de Gilbert (sea en formato libro o peli) sacan a la luz una verdad incómoda: no hay nada que les pique más a los occidentales de clase media/alta que decirles que sus vidas carecen de alma y de un sentido o propósito. Se vuelven locos. Lo dejan todo y se van de retiro espiritual a Costa Rica. Porque pueden. Y porque creen que apenas entre palmeras y túnicas blancas podrán hallar “la luz”.

El rollo zen/budista/espiritual, más que en un lifestyle comprometido, se convierte en un accesorio muy guay, sobretodo si combinado con jugos de fruta con etiqueta hipster y tatuajes bohemios de mandalas.
Oh, hablando de ello…
Conocí a una chica que se tatuó un buda gigantesco en la espalda. Con la cantidad de detalles, sombras y nenúfares relucientes, me imagino que le costó una pequeña fortuna. Le pregunté por qué lo hizo. Al parecer, le encanta el budismo.
¿Y qué sabe ella del tema? Pues muy poco. (Porque meterse coca en fiestas de música electrónica, en su exhuberante chaqueta de piel de animal, no debe ser un de los cinco preceptos éticos del Budismo…)

See what I mean?
#travelgram #wanderlust #spiritualjourney #zen #gratitude … Probemos buscar estas keywords / hashtags. (Puede incluso que, en nuestra alineación, las hayamos utilizado alguna vez, cuando le hicimos una foto en blanco y negro al pequeño buda de plástico que una amiga mochilera nos trajo de Nepal.)

El resultado de la búsqueda es la parte cool y visual (y claro, social) de la espiritualidad moderna. La que lleva un filtro Amaro (el más etéreo) y glorifica lifestyles a los que muchos nunca accederemos.
Pero bueno, el voyeurismo y la envidia son parte del oficio - ¿de las redes sociales o de la espiritualidad moderna? Decidid vosotros…

Indagando sobre el tema me encontré el término “spiritual hipsters”. Estos son los que asumen su “arduo” camino de autodescubrimiento con un altavoz y confetis. Y son también los que tienen tazas, libretas y posters con la popular (y ya MUY gastada) frase “KEEP CALM and...”.
Me enteré de que existen cursos de desarrollo espiritual que se caracterizan por ser dirigidos a “New Age Hipsters”. Ni quiero saber que coño significa esto. Al principio pensé que era broma, pero no.
Parece que la espiritualidad tiene ramificaciones específicamente diseñadas para la generación del iphone.

Mi otra pregunta es: ¿no será que estamos creando una idea de espiritualidad algo elitista? ¿Una espiritualidad que requiere un cuerpo delgado, ropa & peinado bohemio, padres muuuy generosos y más de 16 megapíxeles?

… ¿Qué pasa con los demás?
Os cuento: los que viven entre responsabilidades, pocas oportunidades y muchas excusas (que también pasa), se ven relegados a ojeadas tímidas a la sección de autoayuda de FNAC y a meditar en su propósito existencial, como mucho, en un rincón menos turístico de Montjuic.

Tampoco está mal.
Yo no creo que me haga falta ir a Bali para “encontrarme”.
De hecho, creo que encontré un par de cositas ayer, tomándome un vino áspero y debatiendo lo que ha - y lo que he - cambiado desde Salamanca.

El fenómeno del postureo exhibicionista está por todas partes y invade todas las áreas de la vida moderna. Lo sabemos.
Pero, si la espiritualidad está tan de moda, ¿no será todo esto una ocasión de reflexión para que las poses pasen de lo artificial a lo natural y, por tanto, a lo auténtico?

Bueno, esperemos a ver que pasa.
Mientras tanto, I’ll try to
#keepcalm...

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